Marcelo Tejedor lleva estrella desde 1999 y la sostiene a su manera: sin templo solemne ni carta interminable. Te planta en una gran mesa corrida o en la barra, frente a la cocina abierta, y te suelta un menú sorpresa —cuatro pases u ocho, tú decides cuánto te rindes— que cruza Galicia con medio mundo: Japón, China, México, Perú, lo que ese día le pidan el mercado y el cuerpo. Producto de aquí, técnica de allá y cero ceremonia: aquí se viene a comer, no a que te impresionen. Que siga siendo de las mesas más disputadas de Santiago, y sin ínfulas, lo dice todo. Reserva con tiempo y déjate llevar.