Frente por frente a la catedral, lleva más de cuarenta años fiel a lo suyo: cocina castellana sin coartadas. Lechazo, cocido los jueves y producto de la tierra en un comedor de toda la vida, con la mole gótica vigilando por la ventana. Nada de modernidades ni florituras: aquí se come castellano del de verdad, contundente y honesto, del que repara una etapa entera. La parada clásica para recomponerse después de cruzar la ciudad.